El exceso de agua reblandeció los suelos, los cerros se desgajaron, las casas y los puentes se quebraron, los caminos colapsaron, los ríos se desbordaron, muchas familias siguen sufriendo las pérdidas y su llanto inconsolable oprime sus corazones rotos por el abandono gubernamental.
Sus gritos de auxilio no encuentran eco ni respuesta en un gobierno que desde antes del desastre anunciado no supo que hacer ni cómo reaccionar ante lo inevitable, se perdieron vidas que podrían haber sido salvadas, y tal vez, solo tal vez, se hubieran podido salvar los bienes de quienes lo perdieron todo por no recibir una alerta en tiempo y el compromiso de que a su regreso sus bienes estarían en el lugar donde lo dejaran.
Muchas personas se niegan a abandonar sus casas y sus bienes por temor a ser robados, en ocasiones por sus propios vecinos y en ocasiones por algunos malos servidores públicos con malas mañas que suelen encontrar a su paso algunas cosas perdidas y “sin propietario”.
El agua, como elemento vital de vida, ahora fue elemento de desgracia que en la búsqueda de sus causes naturales arrasó con todo a su paso en su frenético y pesado avance hacia su destino final, el mar, no paró hasta alcanzar el punto cero donde su carrera se detiene en su descanso de aguas mansas, de aguas apacibles, de aguas tranquilas.
Aguas completamente diferentes de cuando la furia del descenso desenfrenado arrebataron todo a su paso, sobre todo la frágil vida que habita en todas sus formas conocidas en nuestra roca viajera que todos llamamos planeta tierra.
Una vez más la naturaleza nos demuestra que somos tan frágiles, tan débiles, tan pequeños que en pocas horas todo nuestro entorno fue modificado, y lo que habíamos construido y edificado con tanto esfuerzo y dedicación durante muchos años fue arrasado en cuestión de minutos por la fuerza de elementos que pensábamos no eran peligrosos, sobre todo para la especie humana, tan insensible, tan vanidosa, tan altanera, con tan poca humildad, y a veces sin escrúpulos.
Desde las zonas inundadas hasta la parte más alta donde inician los escurrimientos son muchos kilómetros de cuencas que en las regiones más altas se elevan en desniveles provocando que las aguas tomen velocidad, y por su peso, muchísima fuerza destructiva.
Las aguas se van alentando conforme agarran las planicies pero a mayor volumen de agua mayor peso destructivo, un solo metro cubico de agua es peligroso, y al multiplicarse como sucedió en las zonas afectadas nada podía detener ese flujo arrasador.

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