Ciudad de México.- La sesión estaba a punto de cerrarse. El ambiente, propio de un día rutinario en la Cámara Alta, se torció en segundos. Bastó que al priista Alejandro Moreno, conocido como Alito, le apagaran el micrófono para que el salón se encendiera. Con el gesto endurecido y el andar apresurado, subió hasta la Presidencia reclamando respeto, como si los tiempos dorados del viejo PRI aún le pertenecieran.
En la silla principal lo esperaba Gerardo Fernández Noroña, siempre dispuesto al choque. No dudó en imponerse: clausuró la sesión de golpe, con un manotazo simbólico que sonó a cierre de cantina: “¡Se acabó, vámonos!”.
Lo que siguió tuvo más de guion televisivo que de debate parlamentario.
—Alito: “¡No me dejaste hablar, esto es dictadura!”
—Noroña: “¡Pues háblale a Televisa, aquí ya se cerró el changarro!”.
El resto de senadores observaba entre risas incómodas y gestos de fastidio, como extras de telenovela barata que apenas entran en cuadro.
El episodio dejó claro que la discusión legislativa había quedado en segundo plano. Lo que dominaba era la batalla de egos: el PRI buscando reflectores para sobrevivir, Morena mostrando músculo a manotazos. Afuera, los ciudadanos, espectadores forzados, miraban cómo su Senado se transformaba en escenario de sainete político. Un teatro político que parece gratis pero que se paga muy caro, con los impuestos de todos.
La función terminó sin leyes nuevas ni acuerdos claros, pero con un nuevo capítulo para la memoria del espectáculo político mexicano. Un recordatorio de que, en el Congreso, legislar a veces pesa menos que el berrinche que logre ser viral.
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